La experiencia en mediación

REESCRIBIENDO EL FUTURO

Autor del artículo REESCRIBIENDO EL FUTURO de la Revista Digital de MundoMediación

Ignacio Bolaños

Doctor en Psicología, profesor de Psicología Clínica en la Universidad Complutense de Madrid, trabaja en investigación en Mediación y Gestión de Conflictos. Su actividad investigadora se inició en el ámbito de la Psicología Jurídica y Forense, especialmente con el estudio de las dinámicas conflictivas en procesos de ruptura de pareja complicados, el Síndrome de Alienación Familiar y las interacciones familiares judicializadas. Esta perspectiva se amplió hacia la búsqueda de planteamientos de intervención adecuados y el desarrollo de programas de mediación familiar en contextos judiciales. Codirige junto a Carlos Giménez la Especialidad de Mediación Social Intercultural de la UAM y es responsable del Entrenamiento Técnico del Especialista en Mediación de la UCM. Cuenta con numerosas publicaciones entre las que destacan: “Situación de la Mediación Familiar en España” (2007), “Mediación Transicional” (2007) e “Hijos alineados y padres alienados. Mediación familiar en las rupturas conflictivas” (2008)

Salgo a buscarlos. Buenos días. Soy Ignacio. ¿Cómo estáis? El saludo es afectuoso, simultáneo. Me gustaría dar una mano a cada uno pero siempre creo que eso queda un poco informal. Cuando ya nos conocemos un poco más a veces lo hago. Pero la primera vez el saludo simultáneo es con la mirada, con el cuerpo. Me gusta tocarlos y saber si a ellos no les molesta que les toque. Casi imperceptiblemente el contacto va un poco más allá de la mano y se extiende a un codo, un brazo…

Se sientan y me siento. Nos sentamos. Me gusta conocerlos durante un rato antes de pasar a cuestiones más formales. Las personas primero, las partes después. En realidad no me gusta nada verlos como “partes” ni como “mediados”. ¡Qué nombres tan feos! Así que tú te llamas… ¿Y tú? ¿Y vuestros hijos? Esta bien saber algo de ellos, algo más. La curiosidad es una buena guía. Me intereso por sus vidas, por sus actividades, por sus gustos… Observo cómo me hablan y cómo se hablan. ¿Se miran? Muchas veces se hablan sin mirarse. Me siento como un espejo a través del cual se dicen cosas, pero un espejo en el que no siempre se ven el uno al otro. Siempre se hablan. Lo que cambia es el método. ¿Y estos, cuál utilizan? Me fijo en su interacción. Intento actuar ante ella de manera respetuosa. Suavemente participo de la conversación si es necesario. A veces no lo es. Solamente necesitaban encontrarse delante de alguien para poder hablar. Y ese alguien puede quedarse allí, en silencio, escuchando. Su papel es importante. Creo que si me levanto y me voy pueden dejar de hacerlo. Les pido permiso. ¿Queréis hablar a solas? Quédate.

He aprendido a fijarme más en el “cómo” que en el “qué”. La forma en que hablan del contenido, en que lo discuten o simplemente, la forma en que guardan silencio sobre ello. Es el “cómo” y no es solamente la comunicación, es la interacción, es la relación, son las emociones… El “cómo” me introduce en el viaje y viajo con ellos, inicialmente a su ritmo, con sus pasos. Si hace falta propongo un cambio de rumbo, pero les pido permiso para ello. El permiso tiene que ver con su sensación de no poder, de no saber cómo avanzar hacia el abordaje del “qué”, del contenido. El permiso es para utilizar las técnicas en un pacto implícito de acompañamiento. Yo no tengo la solución pero tampoco conozco el mejor camino. Siempre he leído y he oído decir que la responsabilidad del proceso es del mediador y que las soluciones y los acuerdos son de ellos. Me siento más cómodo pensando que la responsabilidad es compartida. Caminamos juntos y pensamos juntos, pero ellos estaban antes que yo. Me adapto a su camino, a su tiempo, a sus objetivos y allí donde hace falta busco el permiso para introducir los cambios que son necesarios.

La mediación es un proceso, pero sobre todo es una relación. La relación mediadora, como todas las relaciones, necesita una definición, un acuerdo sobre cómo nos vamos a tratar, cómo nos vamos a comunicar y qué papel jugamos en ella cada uno de los participantes. El contrato relacional no solo son las reglas explícitas, que pueden estar o no estar, o el contrato formal de inicio. Va más allá. Tiene que ver con el lugar que ellos me otorgan y el que yo quiero ocupar. Lo negociamos. Así, por ejemplo, si defino nuestro primer encuentro como “sesión informativa” y en él yo asumo el cometido de informarles a ellos, de explicar qué es la mediación, su funcionamiento, sus reglas… estoy definiendo una relación de desequilibrio. Yo mando. Yo tengo la información que importa, y ellos no. Y me parece una incoherencia cuando al mismo tiempo les digo que son los protagonistas. Por el contrario, si en los primeros momentos de la mediación, los momentos preliminares, la comunicación fluye libremente, cada uno habla de sus expectativas, de sus objetivos, si permito que se hablen entre ellos aunque no les haya explicado reglas sobre cómo hacerlo, no hace falta que les diga que ellos son los protagonistas. Lo están siendo. Por eso nunca me ha convencido mucho lo de “sesión informativa”.

Así pues, me parece que la pregunta que da el primer paso hacia el contenido (el “qué”) puede tener el mismo sentido. Se trata de una pregunta de transición que abre la puerta, en el contexto de la nueva relación, a hablar de aquello que ellos quieran. ¿De qué os gustaría hablar? Y los temas fluyen desordenadamente, a veces en un orden preestablecido por alguno de ellos, pero mostrando una lógica, la suya. Hablar de lo que queremos hablar nos muestra cómo se ha construido el discurso de las diferencias y cómo éste se ha ido impregnando de emociones precisas. La interacción, el discurso y las emociones forman un paisaje en el que puedes decidir entrar o quedarte al margen. Prefiero lo primero. No olvido quitarme los zapatos de la neutralidad y caminar descalzo, lo que me permite acercarme a unos y a otros con cierta libertad. “Si te pierdes pregunta”. Siempre lo tengo en cuenta. La pregunta me ilumina en medio de sus conversaciones. Pero no se trata de una linterna enfocando al azar. Tengo hipótesis. Lo reconozco. Los mediadores no somos magos que escondemos nuestros trucos. La magia sorprende por el efecto inesperado de algo que nadie sabe cómo se ha hecho. A veces hacemos pensar a los demás que lo nuestro se trata de una magia sin trucos. Pero no, la magia es la suya y nosotros buscamos el truco. ¿Cómo lo han hecho? Han vuelto a repetirlo en mis narices una vez más y sigo sin ver cómo lo consiguen. Es el arte de hacernos creer que no pueden, de repetir una y otra vez la misma secuencia cuyo resultado es una salida imposible. Las hipótesis me ayudan a seguir la lógica del “cómo lo hacen”. Igual que ocurre con la magia, el contenido desvía nuestra atención hacia otro lugar y de repente ¡ya está! ocurrió otra vez. Y el mediador sigue mirando al conejo que salió de la chistera.

A veces es fácil moverse en este territorio, “en mitad de ninguna parte”. A veces no. Sientes que el paisaje del conflicto siempre se transforma con tu entrada. No se trata de cómo hacer la lista de temas o la agenda de lo que hay que tratar. Es algo más. Es la manera distinta de mirarlos. ¿Cómo? Acordando una manera compartida de definir las cosas, desde la relación a las emociones, desde las diferencias al futuro. ¿Cómo le llamas tú a eso? ¿Y a ti cómo te gustaría llamarlo? Buscar nombres compartidos me recuerda al nombre de los niños y al tiempo que dedicamos a pensarlo, y a las expectativas y los sueños. Si pudiéramos soñar un futuro ¿cómo sería? 

Siempre me ha gustado vivir la mediación como un proceso de reconstrucción del futuro, un futuro al que ponemos nombre, como a los niños, antes de que se produzca y que, como los niños, está empezando a cobrar identidad desde el primer momento en que lo pensamos. Es reconstrucción porque, en los relatos conflictivos, cada uno de los protagonistas ya había construido el suyo. Pero ahora lo hacen conjuntamente, sobre un papel en blanco que sugiere miradas limpias.

El futuro se reescribe palabra a palabra, gesto a gesto. La negociación no es solamente sustantiva, es relacional. En cada tira y afloja estamos negociando una nueva definición de la relación. En cada avance la nueva relación avanza y, en ella, el mediador se ata y se desata, se vincula y se desvincula en cada nuevo movimiento. Sabemos que no necesariamente se trata de una relación mejor. ¿Qué es mejor? Se trata de una diferente, en la que las personas simplemente tienen la oportunidad de mirarse de otra manera (el “cómo”) a través de sus acuerdos sustantivos (el “qué”).

Esta manera de contar la mediación es transicional. Es un relato de vida en el que cada uno de sus participantes elabora su propia visión de una historia compartida. El futuro se ha reconstruido entre todos, también con las aportaciones del mediador, pero sobre una base de evolución, de transformación.

El tiempo se había detenido en sus cabezas y daban vueltas sobre sí mismos como lo hacen las agujas de un reloj, en un juego sin fin, enganchados a un punto central del que no podían liberarse. El espacio de la mediación supuso una mirada diferente, sin perder la perspectiva del tiempo. Como si de un reloj de sol se tratase, el cambio tenía que ver con su propia evolución, con sus emociones, con su relación. Las agujas dejaron de dar vueltas y adoptaron formas caprichosas, variables, distintas, como sombras extrañas que van tomando la forma de un futuro más posible.

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