La experiencia en mediación

JUSTICIA RESTAURATIVA Y MEDIACIÓN PENITENCIARIA

Autor del artículo JUSTICIA RESTAURATIVA Y MEDIACIÓN PENITENCIARIA de la Revista Digital de MundoMediación

Francisca Lozano Espina

Psicóloga, mediadora familiar y penitenciaria. Coordinadora del equipo de mediación penitenciaria de la Asociación de Mediación y Pacificación de Madrid

JUSTICIA RESTAURATIVA

Es muy probable que quien se haya animado a la lectura de este pequeño escrito lo haya hecho motivado por cierto entusiasmo por la Justicia Restaurativa; si no es tal, quizá se trate únicamente de cierta sensibilidad; o quizá es sólo curiosidad. Lo que más bien es probable es que esto no sea otra cosa que el deseo de quien estas líneas suscribe. Aún en el caso de que nos encontrásemos ante el tercer supuesto, sería aún así un supuesto fantástico: la curiosidad es en la mayoría de los casos la antesala del conocimiento, del entusiasmo por una materia o un ámbito de práctica profesional; esas “cosquillas” que nos impulsan a seguir empapándonos y a convertirnos en expertos o, cuanto menos, en individuos sensibles ante el tema en cuestión.

Lo que acabamos de describir recoge, afortunadamente, el proceso que muchas personas –profesionales del derecho, la psicología y otras ciencias sociales- han vivido o bien están viviendo en los últimos tiempos en relación a la Justicia Restaurativa. Este concepto, utilizado por Mark Yantzi en Canadá en 1974, tiene que ver con una nueva forma de entender las relaciones, la sociedad y la justicia. Aporta una visión poliédrica del delito y la forma de ocuparnos del mismo en nuestra sociedad occidental, en la que entran en juego procesos necesarios que tienen que ver con la reparación a la víctima que sufre el daño, la responsabilización de la persona ofensora para afrontar tal reparación, y la corresponsabilidad de la comunidad en la que se produce el acto delictivo para la gestión del mismo, si es que nos estamos moviendo dentro de los parámetros de justicia restaurativa.

No se trata necesariamente de una alternativa que desbanque a la tradicional justicia retributiva; sería ingenuo por nuestra parte pensar que así pueda ser, no al menos en el corto o medio plazo, dado el ritmo en que vamos viendo la evolución. Pero sí supone la superación del concepto de justicia como proceso que garantiza el cumplimiento de la ley a través de medidas punitivas, privativas de libertad fundamentalmente, que generan consecuencias estigmatizadoras y de ruptura de la trayectoria vital de la persona infractora.

Como novedad, desde el paradigma restaurativo se amplía la visión del Estado como víctima del delito; la justicia sale de “La Sala” para convertir en partícipes activos a la comunidad y a la víctima: el objetivo se asienta en encontrar la fórmula por la que la ésta se sienta reparada, quizá incluso de una manera meramente simbólica – a veces es suficiente una disculpa o bien la respuesta a ciertas preguntas-, para lo cual resulta indispensable que el victimario se implique de forma activa, asumiendo la responsabilidad por el acto delictivo, e igualmente indispensable que la comunidad le brinde la oportunidad para hacer efectivo tal proceso. 

El propósito de estas líneas se asienta en la presentación de la práctica de la mediación penitenciaria desarrollada desde 2005 por la Asociación de Mediación y Pacificación. No obstante, no nos parecía que pudiéramos darle sentido a lo que vamos a exponer si no podemos contextualizarlo dentro de nuestra trayectoria y de la forma de entender nuestro trabajo, esto es, el marco que acabamos de presentar.

LA TRAYECTORIA

Efectivamente, todo lo anteriormente expuesto empieza a tomar forma en torno a noviembre de 2004, cuando un grupo de profesionales del derecho y de la psicología, con diferentes procedencias, pero una sensibilidad similar y una forma parecida de entender nuestra labor con las personas con las que trabajamos, nos planteamos la posibilidad de llevar los valores de justicia restaurativa, y en concreto de una de sus prácticas, la mediación, a un contexto que consideramos absolutamente necesitado de espacios para la paz, el diálogo y sobre todo la responsabilización, esto es, el contexto penitenciario. 

Muchos de nosotros veníamos desarrollando prácticas de mediación familiar, y habíamos presenciado el poder del diálogo, incluso en familias inmersas en conflictos de largo recorrido y de alta intensidad emocional; consideramos un auténtico reto, pero también una apuesta total, intentar hacer presentes procesos similares dentro de prisión. ¿Por qué reto? Ya lo hemos dicho, en parte al menos: cualquier proceso de justicia restaurativa exige de la responsabilización de la o las personas implicadas, algo poco frecuente en el espacio del que hablamos, no sólo por la respuesta sancionadora de la Institución Penitenciaria ante el conflicto, también porque quien llega a prisión lo hace desde un procedimiento judicial en el cual el propósito no es necesariamente la honestidad y la asunción de responsabilidad; se trata más bien de cubrir un protocolo en el que el objetivo para el acusado y su defensor está en intentar “escurrir el bulto” en la medida de lo posible, intentar conseguir que se la atribuya la menor carga posible de responsabilidad. Reto igualmente debido a la existencia del código carcelario implícito, el cual forma parte de la estructura relacional del contexto penitenciario y que tiene que ver con una forma de justicia basada en la ley del talión, el famoso “ojo por ojo, diente por diente”, casi incluso de una forma literal. Por ello mismo la inclusión de la mediación en este espacio ha constituido un trabajo “de pico y pala”, y no nos referimos sólo a los propios internos y su forma de acoger la propuesta de la mediación cuando les ha llegado; también nos referimos a la propia institución: sus trabajadores, los de arriba y los de abajo. La labor de limar sus resistencias y suspicacias en un espacio donde la fe en el género humano no es una de los fenómenos más frecuentes, al menos en el género humano que habita sus módulos, celdas y pasillos. 

Pues bien, este trabajo, comienza de manera oficial en marzo de 2005, tras los oportunos permisos y demás trámites; rodeados de una gran expectación, ilusión y preparación por nuestra parte. En este momento planteamos ciertos objetivos que nos sirven de referente para dar sentido y forma a un trabajo iniciado sin otros referentes que no fuesen los que íbamos creando y de los que partíamos. Tales objetivos trataban de cubrir distintas áreas fundamentales en relación a la persona privada de libertad y su vida en prisión:

Objetivos orientados al desarrollo personal: 

Partiendo de la premisa de que un amplio porcentaje de personas que ingresan en prisión han mantenido trayectorias vitales asociadas al delito o, al menos, a lo ilícito, consideramos la mediación penitenciaria no sólo un medio para gestionar el conflicto, también una oportunidad para desarrollar actitudes relacionadas con la responsabilización, el diálogo, la escucha y el respeto. Les ofrece por tanto un espacio para probarse en otros roles, distintos probablemente de aquellos desarrollados de manera habitual. 

Consideramos la persona un ser de responsabilidades, aprendizajes y sobre todo de capacidades. Capacidad de asumir nuevos retos de forma permanente, incluso de demostrarse capaz en ámbitos nuevos, de descubrirse nuevas actitudes y aptitudes y dar sentido al principio de perfectibilidad humana que sustenta todo nuestro trabajo. 

Objetivos orientados al beneficio de las personas privadas de libertad:

Cualquiera que haya experimentado la vivencia de un conflicto a través del cual se haya enemistado con alguien, conoce la influencia de esta experiencia en la propia vida, máxime cuando añadimos el elemento de convivencia obligada. Efectivamente, los conflictos en prisión se caracterizan con un importante aumento de la ansiedad asociado a la fórmula habitual de resolución de los mismos en este contexto: la revancha como primera opción. Es difícil encontrar la tranquilidad cuando uno cuenta con la expectativa de “pagar” por lo sucedido. Bien es cierto que las personas son separadas como medida preventiva tras la ocurrencia de la disputa. No obstante, existen fórmulas de rendir cuentas sin necesidad de verse directamente. La percepción de incontrolabilidad y los niveles de ansiedad se disparan ante esta expectativa, es lógico. Consideramos que cuando las personas aceptan utilizar la opción del diálogo que la mediación les ofrece, no sólo aumenta su percepción de control sobre la situación, también ve reducida su ansiedad al conocer las intenciones del otro.

Objetivos orientados a la mejora de la vida en prisión: 

Aún teniendo mínimos conocimientos sobre la vida en prisión, podemos fácilmente suponer que la vida allí no es sencilla. Mucho menos cuando ocurren los llamados “conflictos de convivencia”, los cuales no sólo son frecuentes, sino que además adquieren una magnitud de mayor relevancia de lo que podríamos imaginarnos. 

Para nosotros la mediación penitenciaria tiene un objetivo principal, que tiene que ver con la pacificación(1)* de las relaciones dentro de los módulos, más allá de la consecución de un acuerdo firmado fruto de la mediación. Esto quiere decir que no siempre se logra el mismo; no obstante, aún en un considerable porcentaje de casos en los que las personas no desean sentarse con el otro, sí quieren de alguna forma hacer llegar a la otra persona su propósito de zanjar el asunto. Entendemos que este deseo surge del proceso reflexivo al que las primeras fases de la mediación obliga, reflexión sobre su propio papel en el conflicto y su posicionamiento de cara al futuro.

Consecuencia de la pacificación de las relaciones en prisión, resulta la reducción del nivel de conflictividad dentro del Centro Penitenciario, el cual hasta la actualidad podemos situar en reincidencia igual a cero entre dos personas que han concluido juntas un proceso de mediación. Entendemos que entre estos individuos se ha creado un puente que les ha permitido manejar sus diferencias sin necesidad de recurrir a la violencia.

Todos estos objetivos han guiado nuestro trabajo a lo largo de estos años, en los que hemos trabajado en dos centros penitenciarios de Madrid, eso por parte de la Asociación de Mediación y Pacificación; por parte de otras entidades, podríamos hablar de una cifra en torno a los veinte establecimientos penitenciarios del territorio nacional; con la mayoría de ellos compartimos marco de trabajo y muchos de los planteamientos. Prácticamente hemos participado en la creación de todas estas iniciativas, bien porque hemos formado de manera directa a los profesionales que han abanderado estos proyectos, bien porque les hemos aportado nuestra experiencia para enriquecer la suya, bien porque hemos tutorizado sus inicios. Prácticamente todos los programas de mediación penitenciaria desarrollados en España tienen como origen esta forma de entender la justicia, los conflictos en prisión y el afrontamiento de los mismos devolviendo la responsabilidad de su gestión a los verdaderos protagonistas. También programas desarrollados en otros países que se han nutrido de nuestra experiencia.

Por nuestra parte, concedemos un altísimo valor pedagógico a contar lo que hacemos, no sólo porque es importante en sí mismo, o al menos así nos lo parece (no podría ser de otra forma, difícilmente es posible desarrollar una labor de manera altruista durante once años en el contexto hostil y cerrado del que hablamos), también y especialmente porque cumple un fin, que no es otro que seguir introduciendo la justicia restaurativa en nuestra sociedad, utilizando como cuña en este caso la mediación penitenciaria, así como otras prácticas restaurativas diferentes, complementarias. El trabajo desde el paradigma de la justicia restaurativa no es patrimonio exclusivo de ninguna entidad, de ningún perfil profesional, de ningún contexto específico. Lo hemos dicho: debe sumergirse en la sociedad, hacer partícipe al mayor número de sectores y espacios, de la manera más extensa que seamos capaces de concebir, y de la forma más profunda que logremos. Para ello hay que hacer, sí, pero también hay que contarlo, para sensibilizar, para despertar curiosidad, para “hacer cosquillas”, para suscitar entusiasmo y, fruto del mismo, implicación y cambio social. En estos tiempos más que nunca estamos necesitados de cambios, que abunden en beneficio de las personas, no de las instituciones, y menos de unos pocos. 

LA MEDIACIÓN PENITENCIARIA: EL PROCESO

Todos hemos escuchado hablar en los últimos tiempos de la mediación en múltiples contextos, algunos nos pudieran resultar chocantes, tal como seguramente pueda suceder a quien recibe información por primera vez acerca de la mediación penitenciaria. Al igual como ocurre en otros espacios de mediación, en el penitenciario, el encuentro se produce entre personas que han vivido una discrepancia y aceptan sentarse juntas para resolver su conflicto. 

A diferencia de otras prácticas restaurativas, en mediación penitenciaria no es frecuente observar la tan sabida asimetría moral que marca los roles de participación en el diálogo. En este caso, los individuos implicados –personas privadas de libertad que conviven en un Centro Penitenciario, quizá en un mismo módulo, quizá en una misma celda-, suelen hacerlo desde un lugar moral bastante próximo: ambos han recibido perjuicio como consecuencia del conflicto, pero deben igualmente asumir responsabilidades en el desarrollo del mismo. Ambos son víctimas y victimarios. Aún así enmarcamos la mediación penitenciaria dentro de la Justicia Restaurativa puesto que da entrada a procesos de responsabilización (imprescindibles si hablamos de justicia restaurativa), resolución de una diferencia y a veces también reconciliación. Resultan menos frecuentes los procesos de reparación, al menos unidireccionales, más bien nos encontramos restituciones y reparaciones mutuas, las más de las veces simbólicas. 

Cada práctica restaurativa necesita de unos tiempos y un ritmo marcados por los objetivos que marcan el desempeño de la misma así como de sus particularidades. En el caso de la mediación penitenciaria, podemos decir que ésta mantiene un tempo especial, muy marcado: cobra una especial relevancia la fase previa al encuentro entre las partes, ya que deben trabajarse en profundidad varios aspectos que minimicen la probabilidad de posibles complicaciones una vez se reúnan los implicados. Y ésta es con total seguridad la clave del éxito de este proceso: la ventilación emocional acerca del conflicto, el trabajo firme sobre la asunción de responsabilidad, las expectativas respecto del encuentro, y el enfoque del mismo desde el diálogo, la escucha y el respeto. 

Brevemente, pasamos a describir las fases del proceso(2)* :

Fase de derivación

Esta fase viene marcada por la recepción del expediente de mediación, el cual puede llegar al equipo de mediación a través de cuatro vías: el listado de incompatibilidades del Centro, la notificación de un conflicto de reciente ocurrencia (probablemente en el último mes), la instancia presentada por los propios internos, o bien la solicitud de mediación por parte de los profesionales que componen los equipos técnicos (personal interno del centro Penitenciario).

Fase de acogida I

Consiste básicamente en el establecimiento del primer contacto con cada uno de los implicados a través de una entrevista individual. En este primer encuentro, es necesario superar los recelos que frecuentemente nos encontramos al encontrarnos con esta persona por primera vez, una persona que probablemente no ha pedido nuestra ayuda. Para reducir estas resistencias, resulta de ayuda ofrecer una explicación clara de la mediación, sus principios y objetivos y también del papel del mediador desde sus claves de trabajo: neutralidad, imparcialidad, confidencialidad, independencia del centro penitenciario y carencia de potestad disciplinaria. 

Otro de los objetivos de esta fase descansa en la necesidad de obtener información acerca de las personas implicadas, el conflicto ocurrido entre ellas y la aceptación del programa de mediación, para lo que es imprescindible que el mediador haya podido vislumbrar cierta responsabilización sobre la que continuará trabajando en fases posteriores.

Se trata de una fase individual, repetida con cada uno de los implicados en la que se perfila la línea de trabajo de las siguientes fases. No obstante, se trata de una sesión muy importante en el proceso, ya que no permitiría la continuidad del mismo si no es establecida de manera adecuada la confianza en el mediador, o bien si la persona no acepta ningún tipo de responsabilización en el conflicto.

Fase de acogida II 

Son los siguientes contactos con cada una de las partes enfrentadas aún de manera individual. Antes de pasar al encuentro dialogado es necesario un trabajo exhaustivo acerca de la asunción de responsabilidad de cada uno de los participantes, las expectativas acerca del posible resultado del proceso y sobre todo, el compromiso expreso de no agresión en el espacio de mediación. Una vez todos los implicados hayan confirmado su aceptación y compromiso ante la mediación, éstos se hacen efectivos en la siguiente fase: 

Fase de aceptación y compromiso

Antes de pasar al encuentro dialogado, es necesaria la obtención del consentimiento para la mediación y la voluntad expresa de participar en la misma desde la actitud pacífica y abierta, lo cual se simboliza a través de la firma del documento de Compromiso y Aceptación del Programa, como ritual de paso de una etapa a otra. En ningún momento se da paso a la siguiente fase si no existe un compromiso claro de respeto y apertura al diálogo y la escucha. El mediador tiene la última palabra a la hora de permitir la continuidad del proceso. 

Fase de encuentro dialogado

Posiblemente y lo más probable es que se trate del primer encuentro entre los implicados tras el conflicto. 

Éste es el espacio para que puedan hacerse preguntas, darse respuestas, expresar su vivencia del conflicto, escucharse, mirarse, entenderse, y llegar a los procesos emocionales y acuerdos a los que quieran llegar. El mediador es acompañante, a veces sólo testigo. Alienta y redirige el diálogo cuando así lo considera necesario, y es el encargado de redactar su acuerdo, en el que debe recoger únicamente aquellos componentes que no afectan a su compromiso de confidencialidad. 

Una vez el Acta de Acuerdos haya sido leído y corregido hasta que recoja fielmente la voluntad de los participantes se dará por concluida esta fase y el proceso como tal. Se trata éste de un momento entre la euforia por lo que han sido capaces de lograr, pero también la contención dado el momento íntimo que acaban de vivir. Los mediadores nos emocionamos muchas veces, les felicitamos siempre. En este momento se dará entrega del documento resultante al Centro Penitenciario y a los propios internos en la siguiente fase, la de seguimiento. 

Fase de seguimiento

Consiste en el encuentro con cada una de las partes tras unos días después del encuentro, por separado esta vez, con la finalidad de hacerles entrega de una copia de su Acta de Acuerdos y del Certificado de Participación en la Mediación. El objetivo es también aprovechar este último contacto con estas personas para conocer su vivencia de la experiencia de mediación, sus sensaciones y conclusiones sobre la misma, al igual que los cambios que hayan podido vivir en su situación penitenciaria (cambio de módulo, regreso a la escuela, etc.). Se trata de un momento informal pero intenso en el que recibimos las reflexiones de las personas sobre la experiencia que han vivido y el impacto en sus vidas más allá de la mera gestión del conflicto puntual. Nos despedimos deseándoles lo mejor.

DIFICULTADES Y RETOS

Tras todos estos años de trayectoria constante, en la que hemos sostenido el proyecto a base de esfuerzo, ilusión, compromiso y responsabilidad, podemos decir con suficiente fundamento que aquí encontramos posiblemente la mayor amenaza a la sostenibilidad de un proyecto de esta naturaleza, esto es, el mantenimiento de tal compromiso cuando el trabajo es concebido como una labor altruista que los profesionales desarrollan sin esperar retribución por ello.

Afortunadamente hasta el momento hemos encontrado la manera de continuar con la actividad, año tras año; muchas veces a base de despedir a compañeros cuyas necesidades familiares, laborales o personales (no necesariamente su falta de entusiasmo por la justicia restaurativa en general y por la mediación penitenciaria en particular) les han obligado a renunciar a su participación en el proyecto. De esta forma el equipo se ha visto nutrido por nuevos compañeros, que han asumido el reto y las responsabilidades hasta el momento en que sus vidas así se lo han permitido.

Tal falta de financiación no es una elección por nuestra parte, es una realidad que hemos asumido como parte de la naturaleza de nuestro trabajo: no es lo habitual que instituciones públicas o privadas apuesten por la mejora de la vida en prisión. 

Otra de las grandes dificultades con las que el mediador penitenciario puede encontrarse suele ser la propia institución penitenciaria. Bien es cierto que es necesaria la colaboración de la institución, no puede ser de otra forma si la mediación penitenciaria es concebida como actividad ajena al funcionamiento penitenciario reglado, tal como ha sido hasta la actualidad. No obstante, a veces resulta difícil que el canal de comunicación funcione de manera fluida, poniendo escucha a las dificultades, y propósito de solución en las distintas incidencias fruto del proceso de adaptación permanente al que un programa vivo como este debe someterse. Creer en los objetivos de una iniciativa como la mediación en prisión va más allá de los indicadores estadísticos, los cuales son importantes puesto que recogen la efectividad del programa y su impacto en el contexto en el que se desarrolla. No obstante, es necesario que la propia institución crea en su función reinsertadora, que pueda considerarse agente de la misma, no sólo valedora de un sistema basado en la seguridad y el control.

Otros retos frecuentes en proyectos como el descrito tienen que ver con el flujo de la propia trayectoria penitenciaria, esto es, traslados, progresiones o regresiones de grado, conducciones, estancias en aislamiento, etc. Se trata de incidencias que pueden paralizar de forma temporal o definitiva el trabajo en la gestión de un conflicto específico y que afectan a las personas implicadas con mayor o menor impacto en sus vidas según factores como la relación previa con el compañero con el que necesitaban cerrar el proceso de diálogo, las características del conflicto y las posibles consecuencias del mismo. A veces tales incidencias pueden ser fácilmente previstas, e incluso evitadas, para lo que es importante, si no imprescindible, esa cordial relación de colaboración entre los agentes externos (mediadores) y los agentes internos (funcionarios designados), a fin de lograr la perfecta sincronización del programa en el contexto de prisión. 

La apertura de nuevos espacios de trabajo en mediación penitenciaria supone por todos estos factores, y por muchos otros que surgen del día a día, una tarea ardua y compleja. A ellos se suman condicionantes previos a la puesta en marcha del servicio que tienen que ver con la obtención de la debida confianza desde la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, no sólo con el Centro Penitenciario de referencia. La gestión del permiso necesario para el inicio del programa puede ser compleja, puesto que se trata de una relación más formal, pero también más abstracta, basada en las referencias sobre el equipo en función de la trayectoria del mismo, de los profesionales que lo nutren y de los puntos de vista de quien pudiera aportar tal información. 

Una vez alcanzado este hito previo, se inician nuevas tareas que tienen que ver con la adaptación del equipo de mediación a las idiosincrasias de cada centro penitenciario en el que desarrolla su labor: el contacto con los nuevos profesionales con los que deberá crear una relación colaborativa, las fórmulas de aplicación del reglamento penitenciario propias de cada Centro, el propio espacio físico que debe conocer, las suspicacias y recelos que debe vencer… Y es que tales recelos resultan perfectamente lógicos por parte de los trabajadores del Centro; ocurre en cualquier espacio en el que se inserta un nuevo elemento, desconocido, el cual transforma una dinámica, lo que a su vez, despierta suspicacias que sólo pueden verse eliminadas a partir de eficacia de la labor desempeñada, y legitimación de ese nuevo elemento como algo positivo para el funcionamiento global: hablamos de confianza, y por tanto de tiempo. Todo ello a la vez que se va creando y consolidando un nuevo modelo de funcionamiento, basado en la experiencia previa, pero ajustado a estos nuevos condicionantes. 

Como vemos, la legitimación de la mediación como herramienta útil y potente dentro del contexto penitenciario no es tarea sencilla ni tampoco breve; necesita de paciencia, constancia, tolerancia y muchos otros condimentos ya mencionados, por parte de los de dentro y de los de fuera. La receta sólo funcionará si están presentes la mayor parte de los ingredientes descritos; sólo de esta manera será posible dar sentido a la tarea, no sólo como instrumento de gestión del conflicto puntual, también y especialmente como recurso de primera elección para la reducción de las tensiones y la pacificación de las relaciones en prisión, enmarcado dentro de fines mayores, al servicio de las personas que sienten que pueden dar lo mejor de sí y buscan una oportunidad para ello.



(1)* Lo frecuente es encontrar los conceptos de mediación y gestión y/o solución de conflictos unidos. Para nosotros es diferente; ambos procesos son importantes pero no suficientes. Si hablamos de prisión, el objetivo último sería la pacificación de las relaciones, la cual se realiza a través de diferentes sistemas de gestión de conflictos, uno de ellos la mediación.

(2)*Para un conocimiento más profundo de las fases de la mediación penitenciaria y demás particularidades, revisar La mediación penal y penitenciaria. Experiencias de diálogo en el sistema penal para la reducción de la violencia y el sufrimiento humano. Julián Ríos Martín, Esther Pascual Rodríguez, Alfonso Bibiano Guillén, José Luis Segovia Bernabé, Xabier Etxebarria Zarrabeitia y Francisca Lozano Espina. 3ª ed. COLEX. Madrid, 2012. También: http://www.uv.es/recrim/recrim09/recrim09n12.pdf



BIBLIOGRAFÍA

Cabrera Cabrera P. J., Ríos Martín, J. Mil voces presas. Universidad Pontificia de Comillas, Granada 1998.

Cabrera Cabrera P. J., Ríos Martín, J. Mirando el abismo: El régimen cerrado. Universidad Pontificia de Comillas, Madrid 2002.

González-Cuéllar Serrano, N. (Director). Mediación: Un Método de ¿ Conflictos. Estudio Interdisciplinar. COLEX. Madrid, 2010. 

Lozano Espina, F. La Mediación Penitenciaria. Revista del Instituto Universitario en Criminología y Ciencias Penales de la Universidad de Valencia (ReCrim09n12: www.uv.es/iccp/recrim/recrim09/recrim09n12.pdf). Universidad de Valencia, 2009.

Martínez Reguera, E. Cachorros de nadie. Editorial Popular, Madrid, 2002

Martínez Escamilla M., Sánchez Álvarez, Mª P. (Coords.). Justicia Restaurativa, mediación penal y penitenciaria. Reus, Madrid 2011.

Mate, R. Justicia de las víctimas, terrorismo, memoria, reconciliación. Ed. Fundación Alternativas y Anthropos. Barcelona, 2008.

Pascual Rodríguez, E. (Coord.). Los Ojos del Otro. Encuentros Restaurativos entre víctimas y ex miembros de ETA. Sal Terrae. Madrid, 2013.

Ríos Martín, J., Pascual Rodríguez, E., Bibiano Guillén, A., José Luis Segovia Bernabé, Etxebarria Zarrabeitia, X. y Lozano Espina, F. La mediación penal y penitenciaria. Experiencias de diálogo en el sistema penal para la reducción de la violencia y el sufrimiento humano 3ª ed. COLEX. Madrid, 2012. 

Segovia Bernabé, J. L. Código Penal al alcance de todos. Editorial Popular, Madrid, 2002.

Umbreit, M. S. Facing violence: The path of restorative justice and dialogue. Ed. Criminal Justice Press. Monsey, 2003

Umbreit, M. S. The handbook of victim offender mediation: An essential guide to practice and research. Ed. Jossey-Bass Inc Pub. San Francisco, 2001

Valverde Molina, J. La cárcel y sus consecuencias. Editorial Popular, Madrid, 1997.

Van Ness, D. W., Strong, K. H. Restoring justice: An introduction to restorative justice 4th ed. Ed. Anderson Publishing. Cincinnati, 2010.

Wright, M. Justice for victims and offenders. Ed. Open University Press, Philadelphia, 1991.

Zehr, H. Little book of restorative justice.: Ed. Good Books. Intercourse, Pennsylvania, 2002

YA PUEDES COMPARTIR TUS OPINIONES O SUGERENCIAS

Puedes realizar tu consulta o sugerirnos un artículo a través de nuestro formulario de consultas y sugerencias para la Revista Digital, o en nuestro correo

Volver a la edición 8

Uso de Cookies
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra política de cookies.
Cerrar